¿Con quien discutes?


Y uno se pone a hablar y dice… “habría que pensar en cambiar esto y prevenir esto otro” en claro reflejo de sus inquietudes y gran necesidad de seguridad… y el otro escucha… “esto no vale ya más” filtrado por su mapa de esfuerzos no reconocidos que desata la necesidad de reconocimiento y las etiquetas colocadas…

No sé si esto es exactamente como os lo cuento o es mi interpretación, pero el otro día me encontré en una conversación que para mi pintaba tal que así… Momentos después: “se lo sabe todo el mundo”… “quieres destruir” “dentro de dos días… o tres años”, cortaron todo intento de comunicación efectiva.

¿Por qué tres amigos tratando de hacer las cosas mejor y crecer, terminan en una discusión incómoda?

Sinceramente, por mil cosas. Cansancio, estado anímico inicial, mala elección del momento, malestares internos, conversaciones pendientes, necesidades abiertas, egos afectados… ¿y qué?

Las frases se enuncian de maneras más o menos acertadas, pero cuando no tenemos nuestro interior en paz, lo más fácil es que salgan de maneras poco efectivas, exactamente igual que como entran.

En la comunicación, como ya he comentado alguna vez, hay multitud de elementos y procesos, al menos; el emisor, el medio, el receptor, el ruido, el código, la codificación y la decodificación. El proceso de codificación y decodificación, no solo tiene sus limitaciones en que el código es más limitado que la idea a codificar, sino en que la elección de la codificación depende de cada usuario, además, a esta dificultad hay que sumarle que el código que utilizamos, teóricamente es y debe ser el mismo para entendernos, pero no lo es exactamente en muchísimas ocasiones, ya que cada usuario hace un uso intuitivo del mismo y añade matices que no siempre con comunes.

Piensa cuantas veces no has dicho lo que querías decir, cuantas no te has sentido entendido/a, cuantas has interpretado mal lo que te han dicho, cuantas no has escuchado mas allá de las palabras. La comunicación efectiva, vista así, parece casi un milagro… ¿o no?.

Hoy quería hacer hincapié en un fenómeno curioso. Cuando hablamos del ruido (uno de los elementos presentes en la comunicación, normalmente se nos vienen a la cabeza factores ambientales o externos, sin embargo, el mayor ruido que solemos tener es el interno.

En multitud de ocasiones, el problema de la conversación surge en que realmente estamos manteniendo al menos dos conversaciones a la vez (si no más), la que tenemos con la otra persona y la interior. Los mensajes de “y esto por qué me lo dice”, los “ya estamos”, los “le voy a decir que”, los “y ahora dirá que” y muchos otros, surgen una y otra vez prácticamente con el mismo patrón, y ¿desde donde surgen? Pues en mi opinión, en gran medida, desde las necesidades propias.

Cuando toda nuestra tención se centra en entender al otro, los problemas de comunicación, no solo son menores sino que apenas se presentan. Como si fuera un fenómeno casi mágico, la comunicación fluye y los malentendidos, si surgen, se deshacen en el momento con un par de simples preguntas o solo media.

Dos problemas a destacar aquí, hoy, son, el filtro que anteponemos por la etiqueta, es decir, por lo que sabemos que el/la otro/a “es” o “como es” y todos los demás supuestos (o más bien cabría llamarlos “seguros”), y por las necesidades que tenemos no satisfechas.

Dos cosas para terminar; solo una parte de la comunicación está en tu mano y tú solo eres dueño/a de tu intención; y otra, sí, discutiste… ¿y qué? ¿Qué vas a hacer ahora?

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