MUROS…


La aceptación no es el acto de “resignación” hacia aquello que ocurre, no es un acto de tolerancia por el que soportamos un peso y no es un acto de pasividad o de indiferencia, la aceptación es un acto de voluntad de tomar lo que nos acontece, de acogimiento, sin cuestionamiento ni esperanza de otra cosa, sin voluntad de cambiar lo que nos llega, aunque quizá sí lo que devolvamos.

La aceptación es, un acto de sentido común, pues las cosas son lo que son y no lo que nos gustaría que fueran (aunque a veces, circunstancialmente, coincida), y en muchas ocasiones, sobretodo, un acto de amor, porque es el amor el que nos hace ir más allá de la forma, abrirnos a la comprensión incluso de la incomprensión, respetar lo que conocemos y lo que no.

La aceptación es la llave del cambio y de la influencia. Solo aquello que aceptamos de nosotros mismo, podremos cambiarlo y solo la aceptación de los demás, nos permitirá acercarnos ya que, cuando no aceptamos algo, lo que hacemos es construir un muro a su alrededor que lo aísla… Lo curioso, es que cada muro que construimos fuera, es un muro también para nosotros y cuando llevamos mucho tiempo poniendo muros así, sin darnos cuenta terminamos por cerrar un muro a nuestro alrededor.

Si esto fuera un cuento, quizá sería algo así…

…El rey alcanzó su mayoría de edad y por fin pudo ejercer el poder, llevaba toda su vida a la sombra de sus tutores y esperando su momento. A pesar de los esfuerzos de las personas que le habían educado, el joven rey tenía tendencia a arreglar los problemas por la vía del poder. No entendía por qué existía una figura de poder, si no podía ejercer tal poder.

Durante su formación, había cogido especial manía a los charlatanes, de tal manera que su primera orden fue la de concentrarlos a todos en un barrio y levantar un muro para nadie pudiera salir de allí. Pensó que con eso, no solo no tendría que soportarlos más, sino que incluso les daría un castigo ejemplar a todos por tener que soportarse unos a otros viéndose obligados a cortar sus interminables charlas. El resultado de aquella orden fue que no volvió a ver a ningún charlatán, lo cual sin duda le generaba una gran satisfacción. La ciudad se volvió un poco más silenciosa y por algún motivo, las industrias empezaron a disminuir sus ventas.

Estando el joven rey otro día deleitándose de una comida preparada con las mayores delicias de la tierra, una abeja tuvo la indecencia de posarse en su plato y, al intentar espantarla, ésta le picó causándole un gran dolor, por lo que acto seguido, ordenó que se juntarán todos los panales y los apicultores en otro barrio y, de nuevo, ordenó levantar un muro muy alto y proteger el recinto con una inmensa red.

Poco después le molestó un anciano con sus historias, al día siguiente unos niños jugando le golpearon, tiempo después una pastora le cortó el paso y sucesivamente fue cercando todo aquello que le molestaba. La ciudad se iba convirtiendo poco a poco en un montón de cuadrículas de altos muros muchas veces unidos con otros pequeños muros que marcaban pasillos, unas veces por orden del rey, que había pensado que sería un buen castigo poner  los charlatanes con los abogados o a los ancianos con los ciclistas, y otras veces levantados por la necesidad de los propios habitantes de relacionarse entre sí.

El rey se había ido provisionando el castillo de todo aquello que necesitaba, aunque algunas cosas ya no las podía conseguir y por orgullo decía no necesitarlas. Con cada cosa que había encerrado, su susceptibilidad aumentaba, cada vez le molestaban mas y mas cosas, su discurso era de incredulidad, no sabía como antes podía vivir con todo aquello alrededor y, lo peor, como alguien había podido permitir que estuvieran allí. Para el rey, todo estaba mejor así, sin embargo, sentía en su interior que algo le faltaba y cada vez que aislaba algo que le molestaba, esa sensación aumentaba.

Al cabo de un tiempo, el rey, ya no tan joven, cayó en una especie de apatía, se sentía mal y no quería hacer nada, recordó como cuando era joven y tenía uno de esos días, sus asesores le quitaban sus identificativos y le llevaban a dar una vuelta por la ciudad así pues, decidió salir a hacer lo mismo. Cuando salió del castillo, se encontró rodeado de muros y pensó que pareiera que alguien hubiera erigido nuevos castillos. Decidió entonces aventurarse por alguna de las calles, ahora convertidas en una especie de pasillos, con la esperanza de llegar a alguna parte donde pudiera recuperar aquella sensación que le hacía recuperar el ánimo cuando era niño. Los muros se imponían ante él y con frecuencia llegaba a otros muros que le cortaban el paso. Retrocedía y buscaba un nuevo camino, pero no encontraba nada que no fueran muros. Como hombre decidido, caminó y caminó buscando un camino abierto, pensaba que a lo sumo, saliendo de la ciudad encontraría algo que no fueran piedras, tanto anduvo, que finalmente empezó a caer la noche y se dio cuenta de que estaba cansado, así que pensó, bueno, es hora de volver. Esa noche, no encontró el camino de vuelta al castillo y tuvo que dormir apoyado en un muro, y así pasó varios días hasta que, casi muerto de hambre y sed, consiguió volver al castillo. Después de reponerse, el rey subió a la torre mas alta y, desde allí, observó con estupefacción como un enorme laberinto se extendía desde el castillo hasta casi donde alcanzaba su vista. Tanto fue la impresión que le causó que se sintió afortunado de haber sabido volver, sin embargo, el recuerdo de lo mal que lo había pasado y la impresión de aquella visión le causaron tal terror, que se propuso no volver a salir del castillo.

El rey, pasó mucho tiempo en silencio mirando el laberinto y tratando de ver una salida desde su torre, sos poco sirvientes que le iban quedando huían de él para no sufrir sus gritos y desprecio, sus días eran cada vez más largos y sus noches interminables, su aspecto se deterioró y se fue poniendo poco a poco de un pálido color gris, y así hubieran terminado sus días, de no ser por un día que apareció en su puerta un mensajero con una carta en la que ponía “¿cómo levantas ahora un muro a tus muros?”…  El rey miró la carta durante largo tiempo y al cabo de un rato dijo “no son muros lo que levantaré sino columnas, columnas que soporten puentes”.

One thought on “MUROS…”

  1. Polo, me gusta mucho el tema que tocas, sobre los Muros, que consciente y sobretodo inconscientemente construimos a nuestro alrededor, me quedo con estas palabras tuyas ” La aceptación es un acto de amor porque es el amor el que nos hace ir mas allá de la forma, abrirnos a la comprensión incluso de la incomprensión, respetar lo que conocemos y lo que no” , Ojala tengamos la fuerza y la valentía y sobretodo la humildad y el amor para ir derribando cada pequeño muro que construyamos… Gracias por esta reflexión en alto compañero!! Un abrazooo

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