Cuando nos comunicamos…


Cuando nos comunicamos existe un proceso por el que conseguir comunicarse puede considerarse casi un milagro, de hecho, casi podría decirse que, la comunicación, tal y como la entendemos al uso, es una gran mentira.

En primer lugar surge en la mente del emisor la necesidad que subyace al mensaje, después la idea del mensaje y a continuación la codificación del propio mensaje (cuando hablo de la codificación, me refiero a su transposición a palabras con las que emitirlo). Si bien puede ser cierto que el pensamiento se elabora en gran medida con las palabras, no es menos cierto que las palabras surgen también gracias a la necesidad de emitir una idea ¿o acaso nunca has inventado un palabro para tratar de transmitir más exactamente la idea que tienes en mente?. Bueno, el caso, es que antes incluso de emitir el mensaje ya existen varios procesos de distorsión que concluyen en una diferencia más o menos marcada entre lo que queremos expresar o trasmitir y lo que finalmente decimos… un clásico ”tic” fácilmente detectable, si prestas atención, cuando esta diferencia es notable, al menos a nivel subconsciente, para el emisor, es un pequeño chasquido o chisteo al final de la frase, algo del tipo “lo que quiero decir, “ch”, es que, bla bla bla,, “ch”, bla bla, bla bla “ch”…”

El código elegido para mandar el mensaje, normalmente el propio idioma, en nuestro caso el castellano, presenta un supuesto erróneo, y es que es universal para todo el que lo utiliza. A poco que lo pienses, encontrarás montones de ejemplos en tu vida en que las palabras que utilizas no significan lo mismo para ti que para el/la otro/a. Pocas son las palabras de las que conocemos su significado exacto, nuestro conocimiento sobre ellas está basado en la deducción lógica del mismo, esto es especialmente significativo en todas aquellas palabras que no se refieren a cosas sino a aspectos abstractos, siendo especialmente notable los sentimientos, si bien no únicamente (por ejemplo, no todos entendemos lo mismo por “amigo/a”). El caso es que pocas veces nos paramos a consensuar el significado exacto de las palabras (sería agotador y poco efectivo también para una comunicación efectiva el hacerlo permanentemente) y estas no significan exactamente lo mismo para todos.

Una vez emitido el mensaje, este atraviesa un medio (el aire en el caso habitual) en el que puede encontrar ciertas interferencias (por ejemplo ruidos), a las que hay que sumar las interferencias que recibe el propio receptor (micro-despistes, despistes no tan “micro”, o diálogo interno que afectan a la escucha activa por ejemplo).

Llegado al receptor, se da el mismo proceso que partió del emisor pero en sentido inverso, es decir, y para abreviar, la decodificación y la interpretación del mensaje.

Visto así, la comunicación por si misma se presenta absolutamente limitada como mecanismo. Si a esto le sumamos la claridad de la idea del emisor (no tan habitualmente nítida como cabría esperar), y las emociones, sentimientos y estados de ánimo que interfieren ,tanto en la forma de expresión cómo en la forma de interpretación, la comunicación efectiva se convierte en un verdadero reto.

Analizando la cantidad de palabras de las que disponemos para expresar un mismo significado, los sinónimos, es fácil deducir que cada una de ellas proviene y es susceptible de contener o requerir un matiz, y los matices, son precisamente la esencia del verdadero significado del mensaje y a la vez, o más bien por ello, la clave principal de la comunicación.

Y si a estas alturas sigues leyendo, tal vez te preguntes “¿y todo esto a que viene?”. Pues bien, en primer lugar, es necesario traer a la consciencia el hecho de que ni quien nos dice algo nos está transmitiendo exactamente lo que quiere, ni nosotros estamos interpretando exactamente lo que dice. Muchos problemas derivados de la comunicación estarían solucionados solo con tener presente esto en todo momento, ser consciente de que todo el mecanismo está plagado de “interferencias” y de que por tanto, nos relacionamos exclusivamente en interpretaciones. Cada vez que te sientas alterado/a, ofendido/a, sorprendido/a, o cualquier otra cosa, antes de dejarte llevar, te sugiero que trates de asegurarte de hasta dónde llega su intención y hasta donde tu interpretación.

Un segundo aspecto a tener en cuenta es que nos han “educastrado” a pensar y expresarnos desde la generalización y la presunción del estatismo, es decir, las cosas en general son como son, antes, ahora y luego. Cuando alguien llega normalmente tarde “siempre” llega tarde, cuando es puntual “es” puntual. Nos convertimos para los demás, y no pocas veces para nosotros mismos, en la generalidad de nuestras conductas y además, las extrapolamos y deducimos (por ejemplo, una persona que no muestra sus sentimientos, “es” insensible)… ¿Imaginas el efecto que tiene en las personas hablarles de lo que “son”? el pensamiento inmediato si se trata de algo que no quiere “ser” o que advierte como “inadecuado” será la autoprotección… y desde ahí ¿cuál será su escucha o el entendimiento del mensaje?… y desde ahí ¿seguimos la comunicación, o deja de importarnos para simplemente mandar nuestros mensajes de ataque-defensa?

Hablar de los hechos del otro, hechos comprobados, no supuestos, no utilizar el ser, y hablar de nuestros sentimientos, me siento triste, me enfado, me siento dolido (con cuidado de no caer en “trampas” como “me siento agredido” que puede conllevar la intención de agresión del otro y no es un sentimiento limpio pues reside en la intención supuesta del otro), facilita mucho las cosas.

Importante saber también es adquirir consciencia de que nos relacionamos desde opiniones y creencias que demasiado a menudo damos por sentados y absolutamente ciertas y, creeme, no lo son… ni tan siquiera las mas absolutas verdades científicas que crees conocer lo son (hoy sabemos que las formulas de Newton son útiles y aplicables al mundo real, pero conceptualmente falsas, por ejemplo).

Atender al mensaje en su contexto, en su momento, y centrar la atención en el entendimiento, también ayuda a mejorar la comuniccación. Ser humilde y conceinte de que no hay una verdad sino tu verdad, prestar atención a los matices, empatizar con el/la otro/a, también. Saber que al menos la mitad de la responsabilidad de la comunicación efectiva es propia… también…

Te propongo que le des unas vueltas y mañana, o después de dárselas, veas en qué puedes mejorar tú tu comunicación y lo pongas en práctica para mejorar, seguro que alguien te lo agradece además de ti mismo/a… y si necesitas apoyo, cuenta conmigo.

Ejemplificando … (atended a los tonos, gestos, pausas, etc.)

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