¿cómo decides?


Nos pasamos el día tomando decisiones y a menudo lo hacemos de una forma automática y a un nivel subconsciente y de pronto, en un momento determinado, en una circunstancia determinada, te sientes incapaz de hacerlo.

Son varias las entradas en las que he comentado aspectos relacionados con la toma de decisiones de forma generalmente indirecta. Hoy quiero comentarte algunos aspectos que me parecen importante para que aumentes tu nivel de consciencia a la hora de saber qué es lo que influye en esa toma de decisiones.

¿Por qué a veces te cuesta tanto decidir? La respuesta es compleja y sencilla a la vez. Desde mi punto de vista, son dos los aspectos más importantes; los frenos derivados de tu percepción y valoración del momento (tu percepción de ti, de la situación y la valoración de ambos) y tu grado de autoconocimiento (tu sistema de creencias y valores principalmente). Dos aspectos que además interactúan entre sí y que van condicionándote apenas sin darte cuenta.

Nos pasamos la vida aseverando conceptos, yo soy tal, yo soy cual…, esto es así, esto es asá… y a pesar de que en el fondo somos conscientes de que todo eso pertenece a una apreciación y a un momento, el mensaje que nos autoenviamos es muy fijista, muy rígido, muy determinante, lo cual poco a poco va creando el “surco neuronal” y poco a poco limita nuestra percepción de las cosas y de nosotros mismo, lo cual impide a su vez conocernos mejor.

A menudo cuando nos enfrentamos a una situación somos incapaces de ver más de una opción. Es entonces cuando aparecen los mensajes en forma de “tengo que” para justificar la actuación en forma de aparente decisión forzada. En otras ocasiones, se tiene una consciencia intuitiva de que siempre tenemos al menos dos opciones, la de hacer algo y la de no hacerlo. No tomar una decisión es en realidad tomar una decisión. Nos vemos avocados a tomar decisiones que sentimos no controladas y, cuando podemos decidir qué hacer, nos cuesta imaginar opciones.

“No puedo dejar el trabajo… ¿Por qué?… porque tengo que comer…” (Clásico ejemplo que me va a servir para desarrollar la idea). Resulta que puedes comer en comedores, puedes robar, puedes apoyarme en tu gente para comer y puedes buscar otro trabajo cuando menos. Las opciones de verte comiendo en un comedor, pidiendo ayuda, robando comida o para comer (aunque sea a ricos, bancos con seguros o entes a los que la afección es mínima) o encontrando un nuevo trabajo en el entorno actual resultan descartadas de antemano. Conceptos como es indigno, está mal, o no valgo lo suficiente y además no hay oportunidad en el medio, han trabajado para tomar la decisión de que “no se puede dejar el trabajo”. Tus valores y creencias han actuado a la vez que tu percepción de ti misma y tu realidad absoluta.

Nos sentimos esclavos de nuestras decisiones “forzadas” porque no valoramos ni qué podemos hacer más (cambiar las condiciones de trabajo y/o adaptar nuestra actitud por ejemplo), donde aparecerán de nuevo las limitantes (no se puede cambiar nada, etc.), y porqué en muchas ocasiones sentimos el peso de estar contradiciendo nuestros valores, aguantando por ejemplo en un trabajo que engaña al cliente o que explota o trata a la gente de mala forma. Nos vemos sometiendo nuestros valores a una decisión “forzada” porque, por encima del bien y del mal está comer.

Hasta aquí te he planteado un caso común, algo exagerado en los términos para evidenciar aspectos, que simplemente me ha permitido comentar el cómo funcionamos en decisiones que parecen ser la única decisión posible cuando no lo son… ¿y qué hay de cuando simplemente no sabemos qué hacer?

Cuando una de esas decisiones difíciles no se presentan bajo la excusa de que no tenemos más remedio que seguir trabajando (por seguir con el ejemplo anterior), no sabemos qué hacer, y mientras no decidimos, estamos decidiendo no decidir, y así dejando que otros tomen nuestras decisiones y perdiendo oportunidades.

Una chica que me gusta mucho me ha dicho que me va a llamar y a quedar conmigo pero no lo hace ¿será que me ha mentido? ¿le habrá pasado algo? ¿la llamo yo? ¿qué le digo? ¿y si me iba a llamar y al llamarla la cago? Me molesta esta situación ¡que cabrona! Ella no tiene la culpa, es mi ansiedad, para ella soy como otro tipo cualquiera y tendrá otras cosas que hacer, estará esperando un mejor momento, entonces ¿la llamo? ¿espero? Si no la llamo igual piensa que paso o que me he enfadado y si la llamo quizá piense que soy un pesado, además al final se me escapará mi autoenfado y se sentirá agredida ¿y si al final no la veo nunca? Yo quería decirle algunas cosas… etc. Pasa el tiempo y no has decidido, se acumula la tensión, un día hablais y el tono está impregnado de la duda y los sentimientos generados, se estropea el asunto… Paremos!

¿Qué ha pasado? Quizá no se ha reconocido lo importante que resulta el ver a la chica porque tienes miedo a reconocerlo y sentirte vulnerable, tonto, o vete tú a saber. Hemos centrado la atención en el suceso sin apenas para en el yo… ¿Qué es lo que yo necesito y qué quiero hacer? ¿Por qué no voy a llamar? ¿cuáles son mis valores, el respeto, el miedo, la libertad, la conveniencia…?

Desde mi punto de vista, gran parte del asunto tiene que ver con que no te centras en ti porque no te conoces y quizá no queremos conocernos. Quizá no queremos vernos enfadados o tristes porque una chica no nos llama, quizá necesitamos la aprobación de los demás y aunque tu autenticidad diga que tú le llames y ella ya decidirá eso puede ser que sea un no para ti simplemente no quieres enfrentarte a eso, quizá tu autoconcepto entra en contradición, quizá no sabes o quieres saber que lo que necesitas es que te diga que le gustas, algo que no depende de ti, lo cual te hace sentir dependiente y no quieres, quizá lo que necesites sea expresarte pero eso te da miedo… No pones el punto de atención en ti y al final todo es un esperar, un reactivo a lo que pasa, te conviertes en una marineta la viento, el suceso pasa y sientes que lo has hecho mal, lo cual, por cierto, será una pieza nueva de tu autoconcepto, el de que haces las cosas mal, y afectará a tu autoestima, no porque el resultado fue mejor o peor, sino porque tú fuiste una marioneta y no actuaste como querrías haberlo hecho. A posteriori todas las decisiones son fáciles de tomar, el análisis se vuelve hacia los qué (que podría haber hecho mejor), cuando tan importante o más es el por qué no lo hice mejor para poder aprender de mi y mejorar. Centrándote en el qué, la próxima vez te volverá a pasar y sólo sentirás más frustración. Centrate en ti, en qué pasó para que actuaras así o asá y, ya desde ahí, piensa que puedes hacer para mejorar.

Con este pequeño artículo que espero te ayude a ver lo que puedes mejorar en ti para ser tu mejor tú, te dejo hoy esta pieza musical para reflexionar sobre el texto y seguir con el día…

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