Emoción y razón. Utilízalas para cambiar.


“Toda decisión humana tiene su base en el ámbito de lo emocional y no de lo racional”… ¿Qué piensas de esta afirmación? Antes de que respondas, sólo quisiera llamarte la atención sobre dos aspectos, uno, que hablo de decisión, de decidir, es decir, del paso previo a una actuación no automática (aunque este tipo de acciones seguramente también tienen su origen en lo emocional, aunque ya hayamos perdido la fuente). La segunda, que no digo que lo racional no entre en juego si no que el origen de la decisión no está ahí si no en lo emocional (la parte racional es la que entra a ejecutar la decisión, la que define el cómo hacerlo.

Aunque hay algunos límites difusos en los que cabría cierta discusión y por lo que quizá se pudiera llegar de evitar el “toda” y dejarlo quizá en “casi toda”, en esencia yo estoy absolutamente de acuerdo. Y es que resulta que en cuanto lo pienses un poquito no podrás negar la evidencia de la relación de cada decisión en pro de aquello que nos hace sentir bien con tus estados emocionales. Incluso aquellas decisiones que nos pesan y que acostumbramos a anunciar con un “tengo que” inicial, las hacemos pensando que constituyen un mal menor.

Con frecuencia estos “tengo que” (acciones que sentimos como obligaciones) se tornan absolutamente dominadores de nuestro tiempo y nos sentimos agobiados, superados, decaídos, cansados e incluso perdidos. La mayor parte de estos “tengo qué” tienen su base en lo que Robert Dilts denomina nuestro sistema de creencias, constituido por todo aquello que sabemos o que creemos saber, pertenecientes de alguna forma al dominio de lo aprendido.

Las creencias las formamos a base de nuestras experiencias y de la influencia de nuestro entorno. Existen por tanto creencias generadas interiormente y creencias generadas exteriormente o introyectadas. Alguien, con frecuencia un referente importante para nosotros, nos ha transmitido una creencia sin que en realidad nosotros hayamos tenido la oportunidad de procesarla, simplemente la incorporamos en base a otra creencia, la de que esa persona merece nuestra confianza plena (eliminamos el filtro del análisis). También ocurre que la insistencia sobre una idea por gran parte del entorno que nos rodea se traduce en una “verdad” que incorporamos sin tampoco tener el filtro de la experiencia o del análisis. En cualquier caso, el sistema de creencias acaba conformando lo que podríamos llamar nuestro mapa de la realidad(que no la realidad).

Gran parte de esas creencias tienen la forma condicional, es decir, “si hago tal, consigo cual” y además, muchas de ellas son confluentes, es decir, muchas acciones distintas terminan en el mismo resultado, aunque hay otras que no. Sea como sea, lo que buscamos en cada decisión es sentirnos bien o, en el peor de los casos, buscar el mal menor, pasarlo “menos mal” ¿Por qué entonces nos sentimos mal tantas veces con nuestras decisiones?

Básicamente yo creo que hay dos aspectos a considerar en este sentido. En primer lugar está el hecho de que muchas de nuestras creencias no son válidas, tanto si han sido formadas de forma errónea (o incompleta) por nosotros mismos, como si son creencias introyectadas, el resultado de satisfacción esperado con la decisión no llega cuando la tomamos. Para explicar el segundo, tenemos que profundizar un poquito más en nuestro interior y en la pirámide neurológica de Dilts y es que, a veces, la decisión tomada atenta contra uno o varios de nuestros valores.

Cambiar nuestras creencias es duro y complicado, al fin y al cabo es parte de nuestra estructura de personalidad y muchas veces nos da miedo que esos cambios se traduzcan en una pérdida de identidad. Conocer nuestro valores no es tampoco nada fácil aunque lo parezca, pues en la mayor parte de los casos, los valores que creemos tener son los introyectados por la sociedad y forman más parte de nuestras creencias que de nuestros auténticos valores. Y es aquí donde más directamente quiero introducir los sentimientos y las emociones. Si recuerdas la entrada “EMOCIONES”, te acordarás de cuáles son las informaciones básicas que nos dan, de tal manera que una mirada introspectiva, desde la honestidad personal, nos puede dar la clave de cuál es la agresión o el éxito que se está produciendo como resultado de una decisión.

Resolver qué límite se ha roto, qué pérdida has tenido, que valor se ha atentado, que te ha sorprendido o que miedo tienes es sin duda el camino hacia la revisión de todo el sistema de creencias, valores, actitudes, aptitudes que constituyen la pirámide neurológica de Dilts. Encontrar las incongruencias, las inconsistencias, nuestros valores y su prioridad e incluso nuestros principios fundamentales es parte del camino hacia una vida más satisfactoria.

Ser honesto/a contigo mismo/a sin juzgarte es la forma de ir al camino, así qué, te sugiero que te preguntes en qué momento estás de tu vida… ¿te sientes atrapado o agobiado? ¿sientes que no tienes elección? ¿estás decaído o apático? probablemente algo estás haciendo mal ¿qué cosas te enfadan? ¿qué limite rompe eso? ¿te enfadas con frecuencia? ¿porqué tienes tantos límites? ¿cómo vas a ampliar tus límites?… ¿Sientes asco? ¿qué valor es atentado o prostituido? ¿qué vas a hacer por ese valor?… ¿estás triste? ¿qué has perdido? ¿Cómo puedes darte eso que has perdido?…

El autoconocimiento es la primera de las fases que has de atravesar para alcanzar tu mejor tú y, a partir de ahí, todo aquello que te propongas. Dejarte sentir, ser honesto con tus emociones y no juzgarlas es el primer paso hacia ese autoconocimiento. El trabajo que hace un coach en un proceso empieza por el apoyo a que puedas descubrir eso de ti mismo/a entorno a un objetivo concreto, un éxito que se te atraganta, una meta. Siempre puedes hacerlo tu sólo y para eso escribo este blog, sin embargo, si te cuesta o no encuentras la forma de hacerlo, ya sabes que puedes contar conmigo.

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